Madrid se come (I)

Madrid se come, señores. A mordiscos. La capital es uno de esos lugares a los que uno no debería ir si acaba de empezar una dieta o tiene la tensión por las nubes. Madrid es acodarse en la barra de sus tabernas, pedir una caña (o dos) y zamparse una tapa de las que se entienden como plato único. Huevos rotos, patatas con chistorra, queso manchego, rabas de calamar, croquetas de mil y un sabores, un poquito de paella o una ración de cocido. Así, sin más. Y gratis. ¿Quién podría resistirse?

Yo no. Hace tan solo 2 fines de semana me escapé a celebrar un cumpleaños en Madrid y… casi me quedo a vivir. El ambiente, su gente, el bocata de calamares de la plaza Mayor, La Latina, Lavapiés, una noche en Malasaña, el Mercado de San Miguel (algo caro pero exquisito), un cocido en La Bola, el Bloody Mary del domingo. Madrid está para comérselo. Más rico que nunca.

Petit Palaca Londres Madrid hotel

Petit Palace Londres Madrid hotel

De bar en bar, de tapa en tapa y de caña en caña me pasé los 4 días que estuve en la capital. Sí, creo que me traje un par de kilos de más para la isla (menos mal que Ryanair no nos pesa a la ida y a la vuelta, si no, no vuelo por exceso de equipaje XD ). Fuimos un grupo de 5 amigos y nos dimos el lujo de quedarnos a dormir en el mismo centro, aprovechando una de las ofertas de la cadena de hoteles boutique Petit Palace. En concreto, elegimos el Petit Palace Londres, un hotel situado en Preciados y que te permite estar justo entre la zona de Tribunal, Chueca, Gran Vía y Malasaña y, por el otro lado, entre Sol, la Plaza Mayor, Latina, el Barrio de Las Letras y Lavapiés. Cómodo, con un bonito rincón para desayunos en la buhardilla y con habitaciones con wifi gratis en pleno centro de Madrid. El precio, ajustadito: 65 euros la noche.

Nos movimos en metro (que está carísimo, por cierto) y taxi porque un coche en Madrid es una auténtica locura, sobre todo ahora que prácticamente todo el corazón de la ciudad es semipeatonal. No probamos las bicicletas públicas porque hacía ya un frío de morirse y nos dio un poco de pereza, pero parece que la iniciativa municipal está funcionando bastante bien, así que siempre puede ser una alternativa (a ver si en primavera, en la próxima visita 🙂 ).

El primer día, jueves, llegamos ya por la tarde y, después de dejar los bártulos en nuestra habitación en la calle Preciados, nos dirigimos desde allí a Malasaña. Una vuelta por las terrazas de la Plaza del 2 de Mayo. En esta zona hay ambiente desde mediodía hasta la madrugada. Eso sí, para cenar no conviene retrasar mucho la hora: a partir de las 23 las tapas empiezan a esfumarse. Nosotros nos despistamos y acabamos cenando a las 12 de la noche en la ya clásica Taberna Madrid Madriz. Tapas tamaño XXL gratis con la caña y raciones de lujo. Buenísimo. La ensaladilla rusa, de las mejores que he probado.

Catalonia Las Cortes hotel en Madrid

Catalonia Las Cortes hotel en Madrid

El viernes Madrid amaneció lleno de sol y frío. Y nosotros con algo de resaca de una gran noche para repetir. Salimos del hotel sobre el mediodía y nos fuimos caminando desde Sol hasta el Barrio de Las Letras. Tomamos el primer aperitivo en la Plaza de Santa Ana, de allí, bajamos por la calle Prado, donde está el Catalonia Las Cortes, hacia la calle Quevedo. Tomando el nombre de esta mítica calle, está la Taberna Quevedo, uno de los lugares más especiales de Madrid para mí. Buen ambiente local, increíbles tapas gratis con la caña, un personal amable y atento… Y poco espacio, así que el que se anime, que vaya pronto, porque se pone hasta arriba a la hora del vermut. Después de tapear un rato, nos volvimos a Ópera. Teníamos pendiente un cocido madrileño en La Bola. Y como bolas salimos. Pedimos 3 raciones de cocido para 5 y unos entrantes de jamón y queso. Excelente. De verdad. Desde aquí, un saludo a nuestro camarero que, además de ser uno de esos profesionales de los que ya quedan pocos, nos hizo reír y convirtió la experiencia en algo inolvidable.

La tarde la dedicamos a bajar calorías, paseando por todo el centro de Madrid. La ciudad está preciosa en estos meses fríos y tuvimos la suerte de que, aunque daban lluvia para todos los días del viaje, al final siempre brilló el sol. Imprescindible la cámara de fotos: hay puestas de sol tras el Palacio Real que merecen no una, sino mil imágenes para el recuerdo.

Tras ponerse el sol, de nuevo, unos vinos. En esta ocasión solo un par de valientes se atrevieron a tomar las tapas que nos pusieron gratis acompañando a la bebida. Madrid se come. ¡Y se come mucho! Para rematar, más gastronomía: el Mercado de San Miguel. Nos salvó que es un poco caro y cada vez más orientado a turistas. Pero las cosas que hay allí, mmmmm, abren el apetito a cualquiera. Incluso a los que llevábamos un cocido entre pecho y espalda. La noche la terminamos en La Latina, cava arriba y cava abajo. Brindando, comiendo y riendo como nunca. La verdad es que, antes incluso que sus tapas, lo mejor de Madrid es su gente. Un diez a todos.


(Continuará…)

Anuncios